domingo 2 de agosto de 2009

Una joya-oasis por descubrir en medio del desierto madrileño

Bajo el calor árido, casi desértico, que cuece a presión las calles madrileñas en pleno mes de agosto he descubierto una pequeña-gran joya, un oasis con sabor mediterráneo en medio de la meseta central peninsular. Se trata de la Casa-Museo de Joaquín Sorolla, célebre pintor valenciano, que retrató como pocos la arena, el agua del mar, y la inconfundible luz, esa luminosidad que sólo puede verse en las orillas del mar Mediterráneo, esa tierra fértil, sembrada por el olor a azahar, frutas y hortalizas, llena de color, de sabor, y de historia.

Entrar en la casa que una vez ocupó el pintor es sumergirse de lleno en esa mezcla de sabores y olores, de esa riqueza que tan bien sabió plasmar en sus pinturas. El visitante descubrirá en pleno centro de Madrid un recinto acogedor, caracterizado por su decoración: cerámica, madera, artesonados, reliquias, flores, y mucha pintura. Y para poner la guinda, un precioso jardín dividido en tres estancias, con el rumor del agua que cae de las distintas fuentes que salpican el pequeño bosque, toda una delicia para disfrutar de pequeños paseos y meditaciones, dejándose llevar por la tranquilidad y quietud que transmite el paisaje.

Ver los cuadros de Sorolla es trasladarse a la orilla del mar, respirar la suave brisa que agita las velas de las embarcaciones de los pescadores, pisar la arena caliente y suavemente humedecida, el olor a sal, las huellas de los pies en la superficie, las tardes y las mañanas en familia con una buena merienda, los paseos, el horizonte, las puestas y salidas del sol. Es recordar, revivir viejas experiencias. Y es nostalgia, nostalgia de la tierra, que está lejos, y al mismo tiempo se siente tan cerca. Es descubrir la belleza de lo descubierto. Es sentir que estás de nuevo en casa.