jueves 25 de septiembre de 2008

De trámites y otros quebraderos de cabeza

Una de las cosas que menos soporto son los trámites. Sí, sí, los trámites. Esos papeleos que te llevan de un sitio a otro, de una ventanilla a otra, y que te hacen dar vueltas como una peonza hasta sacarte de tus casillas. Llegas tú con toda la buena intención del mundo. Has madrugado, desayunado bien, cogido el coche y superado el caos que supone salir a esa jungla de asfalto que es la ciudad, has conseguido llegar con la mejor de tus sonrisas...¡ y tiempo! Sí, todavía tienes toda la mañana para después de esos odiosos trámites dedicarte a hacer otras cosas más interesantes.
Entonces la encuentras a ella. Esa mujer con cara de pocos amigos, que seguramente no habrá tomado All bran. Te mira con sus ojos llenos de odio y te dice que te falta tal papel o tal otro, o que lo que le preguntas no tiene ningún sentido en su vida carente de fibra. Tu sonrisa se ha borrado de un plumazo y ahora es tu mirada la que cobra protagonismo, esa miradita asesina que augura malos presagios. Comienzas a subir el tono de voz pero consigues dominar la situación. Te tranquilizas al pensar que ha sido solo un malentendido y que una vez se lo expliques de nuevo ella lo entenderá. Pero no.
La conversación llega a un punto muerto, un camino de no retorno donde la única salida es cambiar de ventanilla. De nuevo la cola. Cuando por fin te toca, otra cara ni mucho menos amigable te mira por encima de sus gafas escurridizas. El señor tiene buena voluntad, pero desgraciadamente carece de idea alguna sobre lo que le estás preguntando. Impaciente, miras por la puerta entreabierta para vigilar tu coche, que has dejado en doble fila pensando que tardarías poco tiempo en ponerle fin a tan desagradables asuntos.
Pero, ¡horror!Un policía se acerca sigilosamente a tu coche. Lleva una libretita. Te temes lo peor. Te asomas en un amago de impedir la desgracia, pero el señor de las gafas te mira con cara de circunstancias y has de volver a la ventanilla. Resulta que aquello por lo que te habías desplazado hasta tan inhóspitos parajes podrías haberlo hecho con una simple llamada de teléfono. La indignación te nubla la vista, todo te empieza a dar vueltas, hasta que sales y llegas a tu coche. Entonces literalmente el mundo se te cae encima. "¡Una multa! Será...¡Pero cómo se atreve! ¡100 euros de mi bolsillo! ¡Menudo atraco!".
Miras el papel rosado con ganas de romperlo en mil pedazos. Pero entonces vuelve la cordura a tu cabeza. Has de pagar esa maldita multa. Poco a poco empiezas a asimilar toda la cadena de acontecimientos que han trastocado tu pacífica existencia. "Bueno-piensas-si la pago ahora me descontarán algo y al menos no pagaré esa barbaridad". Te resignas. Te metes en el coche y arrancas en dirección a la oficina municipal encargada del cobro de multas. Mientras tanto, empiezas a pensar que ya es casi mediodía y que no has tenido tiempo de hacer nada más. Te sube un ardor que no puedes contener. Pero te detienes y reflexionas:"Ya está bien, nadie me va a amargar esta mañana tan bonita".

1 comentarios:

spe dijo...

Esta entrada es, sin duda alguna, la que más me ha gustado de tu blog.

se te da bien mezclar ese humor irónico con el análisis de la realidad :D

Un gran saludo, futura madrileña jaja

PD: te firmo para que así puedas ver que entro ;)